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La cena está servida | Relato corto |

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pavonj
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26 days ago5 min read

La cena está servida

   


Imagen de mi autoría. Click aquí para verla sin edición.

   

    Los olores de especias, verduras y condimentos impregnaban la cocina y el calor del fuego producía gotas de sudor que perlaban por la frente mientras preparaba la cena para dos.

    —Amo la comida, todo lo relacionado a ella, a decir verdad. Los sabores, la preparación, las tonalidades y por sobre todo el hecho de que hay comidas para todas clase de personas —dijo José a su invitada de aquella noche, que le esperaba en la mesa del comedor, mientras él aplanaba la carne con una piedra de río —: desde esos con paladares más simples hasta los más refinados y claro, los más particulares —continuó, sonriendo —. Yo, por supuesto, me identifico con este último grupo.

    «Esto quedará delicioso» pensó mientras terminaba de cortar la cebolla en rama y buscaba la sal. Los olores de la cocina le embriagaban, sus partes favoritas, además de comer, eran escuchar el chisporroteo de la carne en la sartén y aspirar el aroma que esta expulsaba hacia sus fosas nasales.

    —Demonios, ¡esto huele de mil maravillas! —exclamó emocionado —. Como iba diciendo, en mi adolescencia mis gustos eran tan comunes como los tuyos creo, aunque eso lo verificaremos en un rato, pero desvarío. Oye, ¿estás escuchándome? —preguntó a su invitada mientras se asomaba al comedor —. Ah, por supuesto que sí, que educada eres.

    »Bueno, sigo. La cuestión es que, un día que empezó como cualquier otro, mis amigos habían escuchado historias sobre un "brujo monstruoso" que vivía cerca del río, y me obligaron a ir a comprobarlo —comentó —. Yo no quería, estaba aterrado, pero era el más pequeño y débil de todos, así que con algunos puñetazos me aclararon las ideas.

    »Llegamos a la orilla del río donde vivía este supuesto brujo y me metí en su guarida: una casita improvisada a base de latas y palos, en ese instante me llevé un susto de esos que te cagan y, al mismo tiempo, una gran decepción. Pues resultó que ahí no había ningún brujo monstruoso, solo un vagabundo. Un hombre feo, sucio, desharrapado, con el cabello hasta los hombros y lleno de piojos, al igual que su barba; se llamaba Dorangel. Con aquel amable mendigo comprendí que los monstruos, brujos y demás personajes de supercherías solo existen en las débiles mentes de personas que no son capaces de ver más allá de lo que está frente a sus narices —afirmó y asestó un tajo con el cuchillo a la tabla para cortar.

    »Y sé que te preguntarás: «¿Pero qué tiene que ver esto con el gusto por la comida, José?» —el olor a carne casi lista le había recordado la temática original de su discurso —. Pues, el brujo, que aunque no era brujo le gustaba que lo llamaran así porque mantenía alejados a los intrusos —aclaró —, él fue muy cortés conmigo cuando irrumpí en su hogar y me convidó a cenar, «un buen trozo de carne como ninguna otra» me dijo en aquella ocasión. ¿Me creerías si te dijera que esa carne preservada en sal y cocinada en fogata fue lo mejor que había comido en mi vida? —preguntó entre risas —. Lo fue, querida, lo fue. Pero no solo eso, también se convirtió en algo adictivo.

    »Al día siguiente volví a casa de Dorangel y comimos hasta hartarnos. Así fue a diario por cinco años. Se convirtió en mi mejor amigo, el único verdadero, y también en mi mentor. De él aprendí mucho de este tema: cómo evitar la carne mala, cómo diferenciarla de la buena y en qué lugares encontrarla, en donde botar los desechos para que los perros u otras alimañas no anden husmeando, qué partes son las más sabrosas y, lo principal, me enseñó a ser invisible, a mantener un perfil bajo siempre que salía a buscar carne. Pero ya no está entre nosotros. Lo extraño, aunque siempre llevo una parte de él conmigo.

    Guardo silencio por unos minutos, le causaba cierto sentimiento de amargura el recordar a su amigo. Finalmente, cogió los platos, una botella de vino y un par de copas. Sabía que la noche terminaría pronto y su bella compañía no sería más que un recuerdo lejano en poco tiempo. Pero solo quería pensar en el momento, y degustarla con la vista y tras cada bocado.

    —La cena está servida —anunció con alegría mientras acomodaba todo en la mesa —. Déjame quitarte eso, sino no podrás comer.

    Apenas retiró la mordaza la chica reventó en llanto.

    —¿Por qué haces esto? —preguntó ella con la voz quebrada.

    —¿Qué? ¿Preparar esta especial cena? Tú lo mereces y más, cariño. Si te has portado tan bien hoy —dijo al momento que se llevó un trozo de carne a la boca — ¿Sabes? No acostumbro a decir esto, pero tienes muy buen sabor, y eso que el muslo no es mi parte preferida —aseguró y tomó un trago de vino.

   

XXX

Una pequeña aclaratoria: escogí como nombres para los personajes José y Dorangel por José Dorangel Vargas Gómez, apodado El Comegente, quien es un asesino serial venezolano que mataba para consumir a sus victimas y fue arrestado y condenado en 1999. Aún vive cumpliendo condena en una cárcel del estado Táchira y está previsto que sea liberado para el 2029.

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