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Caballos malditos

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hosgug
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En la Patagonia no son comunes los caballos blancos, muchos puesteros y hasta los capataces y peones de estancias prefieren otras montas y si no las hay pues caminan.

Este extraño comportamiento siempre me ha llamado la atención y si bien ignoraba los motivos, sospechaba que alguna leyenda les había inculcado el miedo irracional a tantos gauchos rudos acostumbrados a convivir con hombres y bestias bajo todo tipo de condición en la inhóspita región.



Fuente

Una noche de fogón a la vera del gran río Limay me enteré, por fin, de los motivos que existían para no utilizar caballos blancos, como sospechaba había una leyenda antiquísima, contada de generación en generación por los primeros pobladores de las tierras vecinas a la cordillera de Los Andes, los indios mapuches. Trataré de relatar lo más fielmente posible lo que escuché esa noche, disculpen si mi relato no es todo lo fiel que aquel que lo contó se merece.

En los comienzos de los tiempos, cuando nada existía Nguenechen creó el mundo con todo lo que luego el indio pudo ver y disfrutar: los lagos, los arroyos, las grandes montañas con sus cumbres nevadas, el mar que hay detrás de ellas y la extensa planicie árida que comienza donde termina el bosque y termina en otro mar tan vasto como el primero. También hizo a Antü (el sol), a Küyen, (la luna), al viento la nieve y la lluvia; luego pobló su creación con plantas, animales y por supuesto, el hombre.

Dotó al ser humano de características únicas, distintivas del resto de los animales pero no le concedió el conocimiento de los secretos de la vida y la muerte, eso se lo reservó par a los animales más fieles que el hombre puede tener: los perros y los caballos. Éstos conocerían cuando sus amos morirían así como detalles únicos de sus vidas y lo que les depararía el más allá, pero tenían absolutamente prohibido decírselo.

Ocurrió una vez que un viejo Lonco llamado Ankafilú, presintiendo que su final estaba cerca quiso saber cuánto le quedaba, que pasaría con su familia y con su tribu cuando él no estuviera. Así fue que emprendió un paseo nocturno con su caballo blanco Nehuel y su perro negro Awka, conocía desde chico un rumor sobre esos animales y estaba dispuesto a todo por conseguir la información que lo desesperaba.

Primero intentó convencer al perro pero este se mantuvo firme y no le contó nada, luego presionó a Nehuel, tanto que el fiel caballo accedió y le contó todo lo que Ankafilú quería saber, pero el viejo cacique pagó un alto precio por haber conocido lo que le estaba prohibido, durante todo el tiempo que le quedó de vida soñó despierto con los muertos, con sus ancestros convertidos en espectros; su bella vida, su orgullo de gran guerrero, el amor por su pueblo y su familia se fueron perdiendo en la locura de una mente extraviada por esas visiones.

Finalmente Ankafilú murió y mientras le rendían los honores por su alto rango una tormenta tan violenta como nunca se había visto otra, azotó las chozas de la tribu y la tumba del viejo cacique, el cielo se puso negro y tronaba, se ensañó con el lugar donde se encontraba descansando Nehuel que sudaba y se restregaba como un loco contra los troncos del corral , un rayo descendió del cielo y lo incineró al instante. Había sido Nguenechen, enojado porque el caballo había quebrado el pacto de silencio.

Desde ese día los caballos blancos han sido maldecidos y cada vez que presienten una tormenta sudan como locos, se restriegan contra la corteza de los árboles, se revuelcan en el suelo y huyen de la luz.

Los perros negros en cambio presienten y se asustan de los moribundos aullando a Küyen sin embargo andan tranquilos por la vida sabiendo que Nguenechen los protege por haber guardado el secreto.

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Héctor Gugliermo

@hosgug

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